domingo, 30 de septiembre de 2012
Regresar sin haber marchado.
lunes, 7 de mayo de 2012
Contribución a la estadística
las que todo lo saben mejor:
cincuenta y dos,
las inseguras de cada paso:
casi todo el resto,
siempre que no dure mucho:
hasta cuarenta y nueve,
las buenas siempre,
porque no pueden de otra forma:
cuatro, o quizá cinco,
dieciocho,
las que viven continuamente angustiadas
por algo o por alguien:
setenta y siete,
como mucho, veintitantas,
las inofensivas de una en una,
pero salvajes en grupo:
más de la mitad seguro,
cuando las circunstancias obligan:
eso mejor no saberlo
ni siquiera aproximadamente,
no muchas más
que las sabias a priori,
las que de la vida no quieren nada más que cosas:
cuarenta,
aunque quisiera equivocarme,
y sin linterna en lo oscuro:
ochenta y tres,
tarde o temprano,
noventa y nueve,
las mortales:
cien de cien.
Cifra que por ahora no sufre ningún cambio
miércoles, 4 de abril de 2012
Sencillez
Suelo comentar con cierta frecuencia a mis compañeros de yoga la importancia que tiene para conectar con nuestra esencia el ir quitándonos capas de ese personaje que nos vamos construyendo; y con el que como una cebolla nos vamos cubriendo desde los distintos roles que asumimos, el familiar, el laboral, el cívico, el social, el amistoso, el deseoso… y así nos vamos cubriendo hasta llegar a un punto en el que la distancia desde la capa más externa hasta el corazón puede en ocasiones ser mayor que cualquier distancia que maneje un astrónomo en sus datos y observaciones.
Me gusta asimismo decir y hacer ver que “sencillo” y “fácil” no son conceptos sinónimos por más que muchas veces en el lenguaje común podamos utilizarlos indistintamente. Así, cuando uno piensa en practicar yoga se imagina haciendo con su cuerpo posturas y contorsiones que son auténticos nudos de carne y hueso y que provocan el consiguiente pensamiento de ser algo inalcanzable por la “dificultad” o “complejidad” que ello conlleva, lo que automáticamente lleva a pensar que si eso de “hacerse un nudo” es difícil lo demás será fácil. Y ahí es donde me gusta a mí señalar este matiz entre sencillez y facilidad. Simplemente propongo que intentemos mantenernos de puntillas y firmes con los brazos arriba durante unos segundos, sin movernos, guardando el equilibrio. Ahí vemos como nuestro cuerpo sin necesidad de contorsionarse, titubea, se bloquea y muchas veces se da de bruces con la dificultad que conlleva esta posición que visualmente es sencilla de desarrollar pero difícil de mantener.
Uno de mis profesores de yoga, en su momento me enseñó la lección más importante que he aprendido para mi práctica personal. Y es, que las cualidades físicas que puede aportar la práctica de yoga como pueden ser la flexibilidad, el equilibrio y la fuerza, donde realmente hay que desarrollarlas es en las posturas que me va a poner la propia vida. Es en la vida en donde me voy a ver en situaciones en las que voy a tener que ser flexible y aparcar mi vanidad, mi egocentrismo y mi prepotencia; en donde voy a tener que ser equilibrado y no perder mi centro de atención y me voy a ver en situaciones en donde he de ser firme y tendré que tener fuerza para mantenerme y no dejarme arrastrar por cuestiones que me perjudiquen o dañen a otras personas. Es así de sencillo pero a la vez así de difícil.
Ayer, una amiga me pasó el enlace de un artículo de Ángel Gabilondo en el que habla sobre la sencillez; y he de reconocer que me ha encantado. Es por esto que comparto en esta ventana dicho texto con el ánimo de que quien pueda pasar por aquí lo disfrute y le llene como a mí me ha sucedido al leerlo. Al hilo de la idea central del texto me viene a la memoria el dicho popular que afirma “se puede decir más alto, pero no más claro”.
http://blogs.elpais.com/el-salto-del-angel/2012/04/sencillamente-mejor.html
Creo humildemente que si todas las personas practicásemos el arte de la sencillez el mundo estaría bastante mejor de lo que está, pues ya lo decía Gandhi cuando manifestó aquello de “vive más sencillamente para que otros pueden sencillamente vivir”.
lunes, 26 de marzo de 2012
Entre perros y leones
En cierta ocasión uno de mis profes de yoga explicaba el acto de meditar con la siguiente metáfora. Decía, “hay dos tipos de meditadores, los que meditan como un perro y los que meditan como un león. Si meditas como un perro funcionarás como él lo hace, de manera que a cada pensamiento responderás saliendo detrás de él como el perro que va detrás de cada piedra que se le lanza, pero si meditas como un león no seguirás al pensamiento sino que irás directo a la raíz de ese pensamiento de la misma manera que si a un león le tiras una piedra nunca irá a por la piedra sino que se lanzará a por ti que eres la fuente de donde salió la piedra arrojada”.
En cierto modo llevo así largo tiempo, tanto como llevo sin escribir en el blog, moviéndome en la disyuntiva de ser un perro o un león. En mi fuero interno sé que tengo que actuar como un león e ir a la raíz de los hechos sin dejarme distraer por lo superfluo e impermanente, aunque la realidad es que me dejo atrapar con más facilidad de lo que yo quisiera por los continuos vaivenes de los días. Y eso me deja en ocasiones bastante exhausto porque cuando he atrapado una piedra ya veo otra volando que me llama la atención y hace que cambie mi dirección y sentido, dándome como resultado dar vueltas y vueltas sin llegar a ningún sitio.
Hoy tomando un café en un bar con mi pareja nos pusieron unos sobres de azúcar que llevaban en una de sus caras una frase. Las dos frases me han llegado muy hondo, de una hablaré otro día pero la otra que es la de la foto, ahora que nuevamente tomo conciencia de la necesidad de ser león si quiero seguir “vivo” más allá de tener pulso e insuflar aire, creo que me pone en la pista de porqué en más ocasiones de las que yo quisiera funciono en mi vida como un perro.
lunes, 30 de enero de 2012
Reorientando.
Como no puedo compartir por aquí las gratas sensaciones del día de campo pero si que he encontrado la entrevista, la dejo y recomiendo escucharla y disfrutarla porque creo que al igual que la vida, son palabras sencillas pero que encierran una gran belleza, la belleza de la verdad.
domingo, 22 de enero de 2012
La belleza de un segundo.
Cuentan que en cierta ocasión un discípulo le preguntó a su maestro:
“Maestro ¿dónde tengo que ir para encontrar la verdad?”
A lo que el maestro le contestó:
“Sigue la dirección que te marque la punta de tu nariz”
El discípulo con cara sorprendida movía la cabeza a un lado y a otro y decía:
“Pero maestro, ¿cómo voy a seguir el camino que marque la punta de mi nariz?
“Si, tu sigue la dirección que te marque la punta de tu nariz, si lo que quieres es encontrar la verdad”- replicó el maestro.
“¿Y cuándo debo pararme una vez que comience a andar?”- inquirió el discípulo.
“Cuando quieras”- respondió el maestro.
“¿Y allí estará la verdad?- dijo el discípulo.
“Allí mismo, justo delante de tus narices”- respondió con una sonrisa el maestro.
Desde que leí este cuento me lo suelo aplicar en todas aquellas ocasiones que soy capaz de mirar pero no soy capaz de ver, que suelen ser para mi desgracia bastantes más de las que yo quisiera.
Ahora que estamos en la era de la tecnología y el sentido de la vista es uno de los más utilizados, a veces me suelo sorprender de qué manera atrofiamos este sentido, pues pese a la híper estimulación a la que lo tenemos sometido tengo la sensación de que cada vez resulta más difícil ver. Miramos y miramos pero no tengo yo claro que veamos. Hemos dejado de navegar surcando mares y recorriendo territorios para navegar a través de una pantalla, buceamos entre cantidades ingentes de información que nos ahogan más que si nos metiésemos debajo del agua a disfrutar de ese otro universo subacuático que tenemos en nuestro propio planeta y difícilmente cruzamos una palabra en un ascensor con un desconocido mientras que podemos tener una apasionada sesión de cibersexo con otro semejante desconocido. No puedo evitar por menos que sentir que algo no funciona.
Todo esto viene porque hace un tiempo escuché una noticia aunque hasta hoy no encontré algo más detallada la información. El caso es que el director de cine Wim Wenders con el patrocinio de una marca de relojes abrió un concurso en el que se invita a todos los amantes del cine a mostrar la belleza de la vida en un segundo de duración. Así, se ruedan cortometrajes con imágenes de un segundo de duración bajo el título “la belleza de un segundo”.
He de reconocer que la idea me pareció mágica, pues creo que poco más se necesita para deslumbrarse por la belleza de un instante y además considero que hay tanta belleza rodeándonos que podría ser ésta una oportunidad especial para reparar en todos esos micro espacios que dejamos pasar de largo y que sin embargo siguen estando ahí “justo delante de nuestras narices”. Y es que creo que la verdad no es otra que estamos rodeados de belleza que simplemente está pacientemente esperando a que la veamos y la disfrutemos.
Dejo unos videos recopilatorios de algunas de las imágenes que se han enviado al concurso y enlazo también con la página web de dicho certamen.
viernes, 30 de diciembre de 2011
El nudo y el desenlace

Me contaron no hace mucho tiempo una pequeña actividad que se hizo en un curso de habilidades sociales. La dinámica en si era muy sencilla, consistía en que cada persona tuviese en sus manos un trozo de cuerda de tamaño indeterminado, ni excesivamente largo como para enredarse y entorpecer ni tan corto que no se pudiese coger con las dos manos. Una vez que cada cual tenía su trozo de cordel entre sus manos, la profesora dijo que la longitud de dicha cuerda representaba la longitud de nuestra vida. La reacción instintiva fue mirar unos a otros para ver quien tenía una vida más larga, pero una vez superado esa primera respuesta automática la vista se posó sobre el propio trozo de cuerda, quizás tomando una referencia o acaso calibrando sobre la vida propia, como esa imagen clásica que describen quienes han estado muy cerca de la muerte y cuentan que han visto pasar muy rápidamente su vida cuando han estado en el límite. Ver o intuir nuestra vida en su conjunto es ya de por si un ejercicio de lo más curioso, pero la cosa no quedaba ahí, pues a continuación la profesora propuso que se le hiciese un nudo a la cuerda en el punto o a la altura que cada cual considerase que podría ser el momento actual con respecto al conjunto total de la vida. Eso ya supuso un trabajo más reflexivo aún pues la tendencia es a situar el momento presente de acuerdo a lo vivido y teniendo siempre una referencia respecto al punto inicial que se encuentra en el pasado, pero la incertidumbre sobre el futuro hace que esa referencia por arriba no se tenga en cuenta. Una vez que cada cual hizo el nudo a la altura donde consideró conveniente, la profesora comentó que el ejercicio tenía como finalidad que cada cual pudiese experimentar de una manera más gráfica el punto vital en el que se encuentra, de manera que si bien el trozo de cuerda que hay por debajo del nudo está cargado de experiencias que han aportado unos conocimiento y unas destrezas, es útil tener una idea de lo que nos puede quedar por delante y cómo queremos vivirlo de acuerdo a lo que sabemos y tenemos.
A veces sucede algo que sirve de punto de inflexión en la vida, si bien no es una condición imprescindible, basta con que uno quiera para que se pueda situar en un momento dado ese punto de inflexión. Uno se lo puede plantear por una cuestión totalmente arbitraria y subjetiva o puede estar más condicionado por fenómenos sociales de cambios de ciclo como pueda ser un cambio de año como el que está a la vuelta de la esquina. Sea como fuere y tanto si hay cambio de dirección como reafirmación de la dirección que ya se tenía, me pareció esta práctica de la cuerda un ejercicio muy saludable de auto-orientación personal. Y aprovechando la coyuntura del cambio de año a mí me ha resultado sugerente al menos para plantearme un poquito más claramente qué quiero hacer con el trozo de cuerda que me queda por delante.
