Este fin de semana lo he tenido bastante movido pues el viernes viajé hasta Murcia para el sábado ir desde aquí hasta Madrid y regresar el domingo ya por fin a casa. En este recorrido que he tenido que hacer he pasado por muchos y variados paisajes, tanto geográficos como humanos, pero si puedo sacar una constante en todo lo visto, esta ha sido el buen tiempo que había en el ambiente y toda la gente que estaba en la calle disfrutando de este buen tiempo. Las plazas y calles estaban habitadas de niños y mayores, de gente que paseaba o que estaba plácidamente sentada viendo a los paseantes; y se intuía por todas partes las ganas de salir de las casas y desquitarse del frío invierno. Era alegre ver este ambientillo, aunque también es verdad que he sufrido momentos de contradicción que me han dejado un poco descolocado. Por ejemplo, pese al bombardeo mediático acerca de la crisis que asola las economías más modestas y que por tanto afecta a muchas, muchísimas familias, a pesar de ello, me ha llamado la atención ver los bares y comercios llenitos de gente. No sé cuál será el baremo que cada cual haga para sobrellevar su economía, pero desde luego el contraste entre lo que se dice de forma continua en medios de comunicación y entre las conversaciones a pie de calle sobre lo mal que está la situación y lo que yo he podido observar, era bastante significativo.Hago esta reflexión porque el sábado por la noche miré el blog de Majo y su entrada me hizo pensar acerca de qué pensará la mayoría de la gente puesto que si tanto se compra y se vende, ¿todo tiene un precio? ¿se parará el personal a pensar cuál es el precio de la vida? no el costo de la vida, sino el precio de vivir.
El viernes por la tarde noche, mientras daba una vuelta por Murcia, en una de las calles comerciales del centro, que estaba atestada de gente andando para arriba y para abajo, entrando y saliendo de los comercios; me llamó la atención una frase escrita en la pared que decía “juega más y consume menos”, justo estaba leyendo esa frase y señalándosela a mi compa para que la viese, cuando se nos acercó un chaval con una carpetita en la mano y un peto en el que venía escrito el nombre de una ONG y comenzó a hablarnos sobre las virtudes de los proyectos que realizaba su organización, sobre lo chungo que es este mundo capitalista y consumista y sobre lo bueno que era que apadrináramos uno de los niños que su organización ayudaba en los proyectos que realizaban. Con mis mejores palabras le expliqué los motivos por los que no creo en el apadrinamiento de niños como una estrategia para solucionar los problemas de los países esquilmados por el norte económico del planeta; y cuando estaba haciéndole referencia a la pintada de la pared, el susodicho me tendió la mano y educadamente me cortó y me dijo “encantado de conocerle” y se largó. Yo en cierto modo me alivié porque me lo quité de encima, pero este acontecimiento –una calle comercial, atestada de gente comprando, y una ONG vendiendo su producto, que en este caso era el futuro de unos niños- junto con la entrada de Majo, hace que me plantee si habrá algo, aunque solo sea una cosa, que los humanitos de las narices seamos capaces de no ponerle precio. Y para más inri este domingo ha sido el día mundial de los consumidores. Me pregunto si los niños esos de la ONG y otras muchas personas que son presentadas en similares circunstancias serán entendidos como consumidores o como consumibles.
A pesar de todo, sigo pensando que la vida es la repera y que pese a los momentos y las circunstancias contradictorias o más o menos jodidas, a pesar de ello, vivir merece “la pena”.






